¿Qué es un Laico Consagrado?

Artículo redactado por Jorge López, Responsable General de los laicos consagrados del Regnum Christi, sobre la identidad de los laicos consagrados en la Iglesia.

Resumen

La identidad de los laicos consagrados, su espiritualidad y misión, responden a una vocación peculiar -más allá de las formas canónicas-  a la vez laical y consagrada. Su característica propia se puede expresar en lo que Pablo VI llamó “secularidad consagrada”.

Introducción

Con esta comunicación queremos profundizar en torno al tema de la consagración laical como una vocación peculiar que hoy se vive en la Iglesia, bajo formas canónicas diversas. Queremos ofrecer una respuesta a la pregunta ¿quiénes son los laicos consagrados?, ¿es posible ser simultáneamente laico y consagrado en el siglo?, ¿qué es lo que caracteriza a su identidad como laicos consagrados?, ¿cuál es la misión que corresponde a esta identidad?

La expresión “consagración laical” refiere a la vocación que comporta una especial consagración por parte de los laicos que asumen los consejos evangélicos. La cuestión está vinculada a la teología y la praxis canónica en torno a los estados de vida en la Iglesia[1].

Para responder a nuestras preguntas consideramos conveniente partir de una adecuada comprensión de los dos términos incluidos en la expresión “laico consagrado”: qué es ser laico y qué es ser consagrado, distinguiendo entre los consagrados que viven su vocación y misión en el siglo, a partir del concepto de índole secular.

En todo caso, asumimos que todas las vocaciones o estados de vida en la Iglesia participan del misterio de Cristo, de la misión de la Iglesia y están ordenados el uno al otro. Son modos diversos y complementarios de vivir la universal vocación a la santidad (ChL 55).

  1. La identidad del laico y del consagrado

El Concilio Vaticano II supuso un paso importante en la reflexión y maduración sobre la vocación del laico en la Iglesia. La Constitución Dogmática Lumen Gentium aportó una visión positiva de su identidad frente a una visión anterior que presentaba al laico, por exclusión, como aquel que no es clérigo. Hoy es asumido que la identidad laical tiene un contenido positivo y propio, incluso un carisma que podríamos llamar de “secularidad laical”[2].

El laico es aquel fiel (i.e. bautizado) que permanece en el siglo[3], tratando los asuntos temporales según Dios de manera que el mundo -la cultura en la que vive- se vaya impregnando y perfeccionando con el espíritu evangélico y encuentre en Cristo su plenitud. Esta vocación va acompañada de un don del Espíritu Santo (podríamos decir, un carisma) en orden a hacer presente el Reino de Dios en el mundo, actuando desde dentro del mundo. Mundo entendido como obra de Dios -por tanto bueno en sí mismo y ámbito de encuentro con su Creador y con sus hermanos, por más que esté herido por el pecado- y a la vez llamado a ser ordenado, recapitulado en Cristo, según el designio divino.

Lo propio del laico, según la Lumen Gentium es su carácter o índole secular como modalidad propia de actuación para ordenar, desde dentro, el mundo según Dios (cf. LG 31, AA 2). Este modalidad propia de vivir la dimensión secular se distingue y se complementa con la modalidad propia de los religiosos y de los sacerdotes[4]. Al realizar su vocación, los laicos son portadores de la sacramentalidad de la Iglesia -sacramento universal de salvación- en el mundo (LG 48).

Ahondando más en la misión propia, los laicos seculares están llamados a la animación de las realidades temporales, desde dentro y con los medios del mundo, siendo fieles a su identidad cristiana. Los laicos hacen presente a Cristo y a la Iglesia en el mundo -al cual mira contemplándolo con todas sus posibilidades, con sus elementos buenos y malos- y contribuir desde dentro, con su vida y su trabajo, a que sea configurado en Él, pero también a que la Iglesia reciba del mundo ciertos bienes que pudiera no haber acogido aún y que le pertenecen en algún modo (no olvidemos que  el Espíritu Santo actúa también fuera de los confines visibles de la Iglesia).

El consagrado es aquel bautizado que, en respuesta a una vocación divina, sigue al Señor con un corazón indiviso (i.e. de íntima pertenencia o esponsalidad[5]) viviendo de forma estable la misma forma de vida de Jesús. La asunción de los consejos evangélicos de pobreza, castidad y obediencia es expresión y medio de este seguimiento de Jesucristo en orden a la conformación con Él. Y así ser signo de la presencia del Reino de los cielos en este mundo. Se trata de una nueva y especial consagración, no sacramental, enraizada en el Bautismo y la Confirmación[6]. Toda consagración remite a Jesús, el Consagrado, y en última instancia a la vida trinitaria.

Lo propio de todos los consagrados, a mi parecer, es la íntima pertenencia al Señor que se expresa en el modo con que se viven los consejos evangélicos, particularmente el celibato. Este “modo” en que viven los consagrados los consejos evangélicos es expresado como una “entrega total a Dios”, “radicalidad evangélica” o, como se recoge en el número 607 del Código de Derecho Canónico, como “don total de sí” con una explícita dimensión cultual y esponsal.

Íntima pertenencia a Cristo que conlleva la íntima pertenencia a la Iglesia y un modo de vivir la secularidad como signo de Cristo vivo[7]. De cara a la misión de la Iglesia, la vocación del consagrado tiene un valor que va más allá de su “funcionalidad”. Su valor -y su misión fundamental- es el de testimoniar la sobreabundancia de gratuidad y amor a Cristo y a su Iglesia (VC 105). Esta sobreabundancia de amor y gratuidad (“despilfarro de amor”) hace visible a Cristo, el consagrado del Padre, enviado en misión, y se hace instrumento eficaz del reinado de Cristo en el mundo.

  1. La identidad del laico consagrado en el siglo

La historia de la Iglesia nos enseña que la consagración laical en el siglo no es algo nuevo, si bien ha desarrollado nuevas formas en el siglo XX. Hoy muchos grupos en la Iglesia mencionan ser laicos consagrados o asumir una consagración laical. Ciertamente el carisma fundacional de la asociación incide fuertemente en el modo en que se vive la consagración y su dimensión secular. Están presentes entre los más pobres, enfermos, marginados. Tienen presencia en el mundo de la cultura, de la escuela y de la universidad, en las instituciones eclesiales.  Una presencia como la de Jesús en medio de su pueblo, una presencia poco conocida.

Desde el punto de vista teológico, al hablar de laicos consagrados en el siglo (o seculares) me refiero a aquellos fieles laicos que hacen una especial consagración -por la asunción de los consejos evangélicos de pobreza, castidad y obediencia- y desean permanecer en la forma de vida laical propia de todo bautizado, incluyendo la índole secular, como respuesta a una vocación divina.

Esta descripción (y acotación) del laico consagrado implica que no todos los laicos que se consagran son laicos consagrados seculares, pues no todos mantienen la índole secular propia del laico. Es el caso de los religiosos hermanos como también de los laicos que asumen consejos evangélicos en asociaciones de fieles y cuyo carisma supone una separación del mundo (p.e. un estilo de vida monástico o contemplativo). No todos los laicos consagrados son seculares, y por tanto no todos viven propiamente la “secularidad consagrada”[8].

La “secularidad consagrada” puede ser considerada como el elemento central y propio de la vocación de los laicos consagrados seculares.  Secularidad consagrada que consiste en vivir simultáneamente la secularidad laical (la índole secular) y la consagración. Consagración y secularidad son coesenciales a su identidad, sin que ninguno de estos aspectos sea sobrevalorado a costa del otro. La vocación del laico consagrado secular es un anhelo de síntesis entre la total consagración según los consejos evangélicos y la plena responsabilidad y presencia transformadora desde dentro del mundo[9]. El laico consagrado secular, desde el punto de vista teológico, es plenamente laico y plenamente consagrado con una identidad o forma de vida propia[10].

En el plano canónico esta identidad no tiene una traducción única. El laico consagrado secular es reconocido canónicamente como perteneciente al estado de vida consagrada en el caso de los institutos seculares y en algunas nuevas formas de vida consagrada[11]. Su estado de vida jurídico sería simultáneamente laical y consagrado. En el caso de los laicos consagrados en asociaciones de fieles o que no pertenecen a asociación alguna, el estado de vida sería únicamente laical pues estas asociaciones carecen de la intervención de la autoridad eclesiástica que los erige como institutos de vida consagrada así como de la mediación consagratoria ministerial. En estos casos la Iglesia reconoce una verdadera “consagración de vida” y el reconocimiento de su derecho propio, pero no la pertenencia al estado de “vida consagrada” con los derechos y deberes que esto significa[12]. Son laicos consagrados desde el punto de vista teológico pero no canónico.

Hablar de doble estado o forma de vida, en el plano jurídico pero también teológico, no es algo extraño en la Iglesia. La consagración implica una nueva condición pero no necesariamente un abandono de la condición previa[13]. Se pueden citar ejemplos de pertenencia a dos estados en la unidad de una misma persona y de una misma vocación. Un ejemplo es el de los sacerdotes que profesan los consejos evangélicos: no son “menos” sacerdotes por asumir o profesar los consejos evangélicos. A mi parecer, en el plano teológico-vocacional, son compatibles la forma de vida consagrada (no religiosa) y la forma de vida laical-secular de la que hemos hablado anteriormente. El laico que se consagra y desea permanecer en el siglo no es menos laico que los demás laicos, si bien lo es de un modo diverso.

En el plano canónico, también se reconoce esta peculiar vocación a los miembros de institutos seculares laicales quienes pertenecen simultáneamente al estado de vida consagrada y al estado de vida laical. A este respecto son ilustrativas las siguientes palabras que apuntan más allá de lo jurídico reconociendo la peculiar forma de vida del laico consagrado:

“¿No es entonces una contradicción afirmar que el laico consagrado pertenece igualmente, y sin restricción, a dos estados de vida diferentes; el estado laico y el estado de vida consagrada? De ningún modo, y quiero afirmarlo con energía para descartar toda tentación de querer resolver esta aparente oposición con un compromiso. Habría oposición entre esos dos estados si ellos se definieran en relación con la misma obligación. Pero no es este el caso. Por ejemplo, el estado de vida del hombre casado y el del hombre soltero se oponen y se excluyen, puesto que los mismos se definen en relación con el sacramento del matrimonio. El hombre casado asume las obligaciones, el soltero está eximido de ellas. Ahora bien, el estado laico y el estado de vida consagrada se definen en función de obligaciones diferentes. El primero, en función de las obligaciones de la vida sacerdotal (ejercicio del orden sagrado) y de las de la vida religiosa (separación del mundo y vida en común), de las cuales los laicos están eximidos. El segundo, en función de los deberes libremente contraídos por la profesión de los consejos evangélicos. Por lo tanto los puntos de referencia son diferentes. Los dos estados, lejos de oponerse, son compatibles totalmente”[14].

  1. La misión propia del laico consagrado secular

La identidad propia del laico consagrado secular, su vocación específica, se corresponde con un modo propio de realizar la misión de la Iglesia. No es una misión exclusiva respecto de la de los otros laicos pero sí un modo propio de realizarla: como consagrado en el siglo. La consagración capacita, hace particularmente apto para realizar la misión de ordenar las realidades temporales. ¿Por qué?

Una especial consagración ayuda al propio laico a vivir coherentemente su vida cristiana en medio del mundo[15]. Ciertamente el mundo es ámbito de santificación pero esto no quita que pueda ejercer una influencia negativa en el cristiano endureciendo el corazón o reduciendo su horizonte. La consagración -que entraña una especial conformación con el estilo de vida de Jesús, con su mente y su corazón- es un camino para “estar en el mundo sin ser del mundo”, una ayuda para alcanzar la libertad de los hijos de Dios, para ordenar la propia vida según Dios[16]. En este camino algo que ha de caracterizar al laico consagrado es el espíritu de discernimiento o, si se prefiere, la inteligencia crítica desde la fe. La consagración es, por todo ello, un don para el propio laico consagrado.

La especial consagración es también un don para la Iglesia y para los hombres. La vida del consagrado es signo que testimonia -o manifiesta- la forma de vida de Jesús en medio de los hombres y preanuncia -o profetiza- los valores definitivos que han de ordenar la vida presente. Lo es también por su particular vocación apostólica, de salir al encuentro del mundo, a veces en modos nuevos o en ámbitos reacios a la fe en Jesucristo. La consagración permite una mayor disponibilidad para buscar en todo “el Reino de Dios y su justicia” pero sobre todo favorece una mayor sinergia del obrar humano con el obrar divino. El ser y obrar del cristiano se hace así instrumento eficaz del obrar divino, del Reino de Dios presente en el mundo y expresión de la sacramentalidad de la Iglesia que abraza a los hombres.

El laico consagrado, conforme a su identidad secular, sirve de puente entre el mundo y la Iglesia, entre la fe y la cultura. Su forma de vida –simultáneamente laico y consagrado que va más allá de lo jurídico o de la visibilidad externa, y toca la mentalidad y sensibilidad- le permite realizar de un modo propio la aculturación e inculturación del evangelio, la evangelización. La vocación del laico consagrado en cuanto “puente” y hermano de todos comporta “habitar donde habitan los demás hombres”[17] y allí ser un “laboratorio de diálogo con el mundo”[18]. Como partícipe del misterio de la encarnación de Cristo, está llamado a la misma misión de Cristo: la venida del reino, hacer presente el reino usando los medios del mundo pero sin caer en la mundanización[19].

La tarea del seglar -también del seglar consagrado- de hacer presente a Cristo en el corazón del mundo y configurarlo según el designio divino es una verdadera “consagración del mundo”[20] que no niega sus valores propios sino que lo ennoblece. La especial consagración es una ayuda en la realización de esta tarea. Al realizar su actividad apostólica, a modo de levadura, impregna el mundo de espíritu evangélico en orden al incremento del Cuerpo de Cristo.

La aptitud del laico consagrado de cara a la consagración del mundo o configuración del mundo con Cristo viene no tanto de sus obras exteriores cuanto de lo que es. La consagración no resta fuerza a la secularidad, si acaso permite una secularidad más libre y más pura, una encarnación más honda en el mundo; la consagración confiere mayor realismo, profundidad y eficacia a su compromiso temporal[21]. La actividad apostólica del laico consagrado es en realidad su vida toda[22]. Con la ofrenda de su vida, consagrada a Dios en lo íntimo del propio corazón, colabora eficazmente en la configuración del mundo con Cristo[23]. Viviendo plenamente el carisma de su consagración secular, su vocación, colabora con el Espíritu Santo en la obra de transformación cristiana de la sociedad. Ello exige que ponga de su parte todos los medios para lograr una preparación profesional esmerada y un trabajo bien hecho, con competencia, que es propio de su vocación a ordenar las realidad temporales. El laico consagrado secular está llamado a anunciar el evangelio con su vida. En ocasiones dará un anuncio explícito de Jesucristo pero en otras será el “anuncio” del bien y la verdad con su propia vida -a modo de fermento que no se ve pero incide eficazmente- las que harán presente a Cristo en el mundo[24].

La peculiar identidad y misión del laico consagrado en el siglo, como estamos viendo, apuntan hacia una rica y exigente espiritualidad, un estilo de vida cristiano que tiene retos y exigencias particulares. Una de ellas es la de ser contemplativos en la vida diaria, con una oración “secular” que permita “respirar ininterrumpidamente en Dios mientras se sigue el ritmo de la profesión” [25]. También se requiere sentido de Iglesia, radicalismo en la vivencia de las bienaventuranzas desde el interior del mundo y una existencia teologal para descubrir el paso de Cristo por la historia y no ceder al desaliento[26]. Me parece que la clave para desarrollar una espiritualidad del laico consagrado está en mirar a Jesús en los evangelios para aprender de Él la propia vocación. Desde esta perspectiva se podría afirmar que el laico consagrado tiene un modo propio de vivir el triple oficio de Jesucristo (sacerdote, profeta y rey) así como los consejos evangélicos de pobreza, castidad y obediencia[27].

Ciertamente sería un error la pretensión de desarrollar una espiritualidad obsesionada con lo particular o, peor, el intento de “apropiarse” de Jesucristo como si la vocación del laico consagrado fuera superior a las otras. Asumimos que la Iglesia es comunión. Todas las vocaciones en la Iglesia miran a Jesús como a su modelo y expresan juntas su misterio sin agotarlo, también la vocación consagrada laical.

  1. La consagración laical como riqueza eclesial abierta al futuro

He esbozado lo que a mi parecer es la identidad y misión propias del laico consagrado, una forma de vida, una peculiar vocación que enriquece a la Iglesia. Todas las vocaciones son profecía unas de otras en cuanto que se interpelan y se ayudan a comprender mejor la propia identidad y misión en el seno de la Iglesia-Pueblo de Dios. Si el laico consagrado vive adecuadamente su propia identidad hará un servicio inestimable a los clérigos, a los religiosos, a los laicos no consagrados.

Por otra parte la variedad de formas canónicas en las que de hecho se vive la consagración laical es también una riqueza para la Iglesia. Ahora bien, dado el vínculo entre el auténtico conocimiento y la comunión, es preciso fomentar el encuentro entre quienes viven una consagración laical para ayudarse a comprender y vivir mejor la propia vocación[28]. Esto no pone en riesgo la propia identidad, al contrario: las personas -y los grupos humanos- se conocen mejor a sí mismas al conocer al otro.

Para propiciar este encuentro y lograr una mejor comunicación hemos de recorrer un camino que pasa por la reflexión teológica, para lo cual los congresos y publicaciones pueden ser de utilidad. Pero más importante, a mi parecer, es el encuentro personal y los encuentros entre pequeños grupos. Es así como aprendemos unos de otros, sobre todo de los grupos que nos preceden en el tiempo y que generalmente cuentan con mayor madurez en su reflexión; en cierto modo tienen una responsabilidad mayor. Nuestra vocación es una vocación “en salida” que reclama nuestra conversión y nos pide encontrarnos con el otro[29]. Quizá el primer paso sea encontrarnos con el hermano más hermano: el otro laico consagrado.


[1] Los “estados de vida” son formas estables de vida basados en una vocación y misión propia dentro de la Iglesia, y del que se deriva un estatuto jurídico peculiar (con sus derechos y deberes). Comúnmente se reconocen tres: laical, clerical y consagrado. Ahora bien la Iglesia sólo reconoce el estado de vida consagrada en ciertos casos, en los que hay una intervención eclesial ministerial objetiva y por tanto los laicos que asumen consejos evangélicos fuera de un instituto de vida consagrada no serían consagrados en sentido estricto, conforme al c. 574 del Código. En el caso de los institutos seculares se reconoce que su estado de vida es consagrado. Para algunos autores se trata de un doble estado de vida (consagrado y laical o sacerdotal según sea el caso). En el caso de las sociedades de vida apostólica (en el cual también puede haber laicos que asumen consejos evangélicos) se discute su estado de vida canónico pues aunque en principio no son “consagrados” (canónicamente) se asimilan a dicho estado. También se podría considerar aquí un doble estado de vida desde el punto de vista canónico. Cf. Cf. J. J. ECHEBERRIA, Asunción de los consejos evangélicos en las asociaciones de fieles y movimientos eclesiales, Universidad Gregoriana 1998.

[2] Cf. G. GHIRLANDA, “I Consigli evangelici nella vita laicale”, en Periodica, 87 (1998), 567-589.

[3] Secular o seglar es el que vive en el siglo, en contraposición con el monje (y por extensión el religioso) que se separa del mundo. La separación del mundo es un elemento característico de los religiosos (cf. c. 607 del CIC) que les diferencia de los seglares. El “siglo” o “seculum” en los Padres latinos suele tener una connotación negativa (“No os conforméis a la mentalidad de este siglo” Rm 12,2), designando al mundo humano que lleva las huellas de la vanidad y el pecado. Siglo y mundo son términos cercanos pero no equivalentes. Pero no es incorrecto que en ocasiones se traduzca saeculo por mundo. (Cf. G. COTTIER, Aspectos teológicos de la consagración, Conferencia en el Congreso Mundial de Institutos Seculares, Roma 2007).

[4] La dimensión secular es inherente a toda la Iglesia, cuerpo de Cristo, quien por su encarnación ha entrado en la historia, en el siglo (Cf. JUAN PABLO II, Christifidelis Laici, 15; PABLO VI, Discurso a los dirigentes y miembros de los Institutos Seculares, con ocasión del XXV aniversario de la “Provida Mater Ecclesia”, 2 de febrero de 1972).

[5] La exhortación apostólica de Juan Pablo II Redentemptionis Donum, del 25 de marzo de 1984, desarrolla el concepto de consagración desde la perspectiva de alianza de amor esponsal de la Iglesia con su Señor. También en Vita Consecrata (p.e. el nº 34) habla del significado esponsal de la vida consagrada. El consagrado es signo no sólo de Cristo (de su forma de vida) sino de la Iglesia en cuanto Novia y Esposa de Cristo.

[6] Existe el peligro de concebir la vivencia de los tres consejos evangélicos como si fueran tres dimensiones separadas y las únicas relevantes de la forma de vida de Jesús. Por otra parte, no ha de omitirse que cada consagrado, según su propio instituto o asociación, tiene un modo carismático propio de seguir a Jesús que colorea el modo de vivir los consejos evangélicos.

[7] El sacramento es signo de una realidad sagrada e instrumento de salvación. Al decir que el consagrado es signo vivo de Cristo estamos aplicando un concepto del ámbito sacramental lo cual se justifica al reconocer que toda la Iglesia (y por ende los bautizados) es sacramento. A mi entender todo bautizado es signo vivo de Cristo pero el consagrado vive especialmente la dimensión del signo de ser profecía que preanuncia la gloria futura. Se aplica aquí una de las tres dimensiones del signo sacramental (Cf. Suma Teológica III, q.60, a.3); las otras dos son las de ser memoria de la acción salvífica de Cristo y ser manifestación actual del poder de su gracia.

[8] En estos casos se pone de manifiesto que los términos “laico” y “secular” no coinciden. Convendría recuperar la distinción -y profundizar en su contenido- para clarificar la reflexión teológica.

[9] Cf. PABLO VI, Discurso a los dirigentes y miembros de Institutos Seculares, 2 de febrero de 1972.

[10] Los carismas particulares de cada instituto o asociación concretan y expresan este modo de vivir la consagración laical, en una gama amplia de modos particulares.

[11] En algunas de las asociaciones reconocidos por la Iglesia como “nuevas formas de vida consagrada” existen laicos que asumen consejos evangélicos. Las nuevas formas usan una variada nomenclatura (voto, promesa, compromiso) para expresar la radicalidad en la vivencia de los consejos evangélicos por parte de sus miembros. Conciben la secularidad consagrada en comunión con diversas vocaciones y estados de vida. Cf. J.C.ORTEGA, “Las Nuevas Formas de Vida Consagrada: camino recorrido, camino por recorrer”, en L. GROSSO, Itinerarios del Espíritu, EDICE, Madrid 2013, 68. Por otra parte, como ya mencioné en la nota 1, se cuestiona si quienes asumen consejos evangélicos en sociedades de vida apostólica tienen un doble estado de vida.

[12] Cf. J. J. ECHEBERRIA, Asunción de los consejos evangélicos en las asociaciones de fieles y movimientos eclesiales, Universidad Gregoriana 1998, 171 y ss.

[13] En el ámbito del derecho canónico, ordinariamente, el término “condición” tiene que ver con la situación jurídica en la que se encuentra el fiel ante la legislación de la Iglesia y según la cual se siguen derechos y deberes.

[14] J. J. HAMER, Conclusiones del Sínodo sobre los Laicos y sus consecuencias para los Institutos Seculares, Roma 1988. La intervención del Card. Hamer, en el Congreso Mundial de Institutos Seculares de 1988, fue en calidad de Prefecto de la CIVCSVA.

[15] G. LAZZATI (“Consacraziones e secularità”, en A. OBERTI, Gli istituti secolari. Consacrazione, secolarità, apostolato, AVE, Roma 1970, 27-44), decía que la consagración ayuda a vivir la secularidad cristiana de manera más segura y más eficaz, con mayor plenitud. Y también hablaba de la sinergia que se da entre el obrar humano y divino en el laico consagrado, y cómo el obrar humano se vuelve más pleno al dejar actuar a Dios. La consagración evita que el laico caiga en la tentación de no tener más horizonte que lo exclusivamente temporal y capacita para buscar en todo el Reino de Dios con una inteligencia crítica de la fe.

[16] En la tarea de ordenar el mundo según Dios hay que empezar por la propia casa, por el “mundo interior”, por la propia vida. Este requiere una constante conversión a Dios y el auxilio de la gracia.

[17] Cf. FRANCISCO, Discurso a la Asamblea General de la Conferencia Italiana de Institutos Seculares, 10 de mayo de 2014.

[18] Cf. BENEDICTO XVI, Discurso con motivo del 60º aniversario de la “Provida Mater Ecclesia”, 3 de febrero de 2007.

[19] Usar los medios del mundo puede llevar al error de la mundanización (de la que hablara Henri de Lubac en Meditación sobre la Iglesia) y asumir los criterios del mundo como un atajo para hacer crecer el Reino: confiar en los propios méritos y capacidades, en la eficacia del obrar humano al margen de la gracia; en el fondo confiar en las apariencias. La mundanización nos lleva a juzgar las cosas sobrenaturales como si fueran temporales. Y entre ellas la Iglesia. No olvidemos que el Reino de Cristo no es de este mundo, luce en lo secreto. Hemos de procurar ser eficaces pero usando medios adecuados al fin sobrenatural. Por ejemplo, la oración y el sacrificio de la caridad los cuales tienen un secreto poder que el mundo no comprende.

[20] El laico consagrado vive la consecratio mundi en un modo propio; el ministro sagrado en el suyo. Pablo VI, en su discurso del 26 de septiembre de 1970, en el Encuentro internacional de institutos seculares, dice: “Y tendréis así un campo propio e inmenso en que dar cumplimiento a vuestra tarea doble: vuestra santificación personal, vuestra alma, y aquella «consecratio mundi«, cuyo delicado compromiso, delicado y atrayente, conocéis; es decir, el campo del mundo; del mundo humano, tal como es, con su inquieta y seductora actualidad, con sus virtudes y sus pasiones, con sus posibilidades para el bien y con su gravitación hacia el mal, con sus magníficas realizaciones modernas y con sus secretas deficiencias e inevitables sufrimientos: el mundo”

[21] E. PIRONIO, Mensaje al II Congreso Latinoamericano de Institutos Seculares, 12 de julio de 1979. En este mensaje también se dice: “esta particular pertenencia a Jesucristo en la virginidad, en la pobreza y en la obediencia no arranca a los miembros de un instituto secular del mundo ni paraliza su actividad temporal, sino que la vivifica y dinamiza, le confiere mayor realismo al liberarla de satisfacciones, intereses y búsquedas que de algún modo se relacionan con el egoísmo. La “consagración secular”, al abrir al hombre o a la mujer al radicalismo absoluto del Amor de Dios, los dispone para una encarnación más honda en el mundo, para una secularidad pura y libre, purificadora y liberadora”.

[22] El apostolado es, en cierto modo, una acción litúrgica y expresión de la realidad sacramental de la Iglesia. Los números 33 y 34 de la Lumen Gentium avalan esta concepción, lo cual nos permite superar una visión funcionalista del apostolado y unificar el ser y el hacer del cristiano.

[23] Cf. PABLO VI, Discurso con ocasión del XXV aniversario de la “Provida Mater Ecclesia”, 2 de febrero de 1972. “Es en lo íntimo de vuestros corazones donde el mundo es consagrado a Dios”. El Papa parte de que sólo Cristo, con su gracia, realiza la obra de redención y transformación del mundo. Y continúa diciendo que la vida es fecunda por el amor más que por las obras exteriores. Este comentario está enmarcado en la relación que el secular consagrado tiene con el mundo, y su vivencia de los consejos evangélicos.

[24] Aunque hay diferencias de un grupo a otro, por lo general el laico consagrado no se presenta en primera instancia como persona consagrada (p.e. no porta hábito ni signos externos de su consagración; no hacen votos públicos) y por ello no resulta “visible”. Su publicidad es diferente a la de un religioso. Ello tiene que ver con su identidad y misión, no es una simple “estrategia” apostólica. Por otra parte es preciso señalar que los votos u otros vínculos de quienes asumen los consejos evangélicos en asociaciones de fieles son siempre privados, no son recibido “a nombre de la Iglesia”.

[25] Pablo VI hablaba de una oración y una vida espiritual propia del consagrado secular en su discurso a los participantes de la Asamblea de Responsables Generales de Institutos Seculares, el 25 de agosto de 1976”. Este tema fue retomado por el Card. Eduardo Pironio en su mensaje del 12 de julio de 1979 al II Congreso Latinoamericano de Institutos Seculares, de donde está tomada la cita.

[26] Cf. E. PIRONIO, Mensaje al II Congreso Latinoamericano de Institutos Seculares, 12 de Julio de 1979.

[27] G.GHIRLANDA, op. cit., señala que el laico que asume los consejos evangélicos ejercita en un modo propio el profetismo inherente al bautismo. Su vivencia de pobreza, del celibato y de la obediencia, sin negar los valores auténticos presentes en el mundo, suponen una provocación y un testimonio de la primacía de Dios y de los bienes futuros.

[28] Cf. J. BRAZ DE AVIZ, Discurso en la conferencia mundial de Institutos Seculares, Asís, 2012.

[29] Cf. FRANCISCO, Discurso a los Institutos Seculares de Italia, 10 de mayo de 2014.